La agilidad no está muriendo. Lo que sí necesita es menos decoración y más práctica: volver a su esencia. Porque, en el fondo, la agilidad trata de lo simple y de lo poderoso. De colaborar, entregar, reflexionar y mejorar. Y en el centro de todo eso, hay una capacidad clave: la adaptabilidad.
Este artículo es una invitación a pensar esa adaptabilidad como una competencia que podemos entrenar. Así como fortalecemos ciertos músculos en el gimnasio, también podemos fortalecer los «músculos de la agilidad» en nuestros equipos (y en nosotros mismos).
¿Qué significa adaptarse hoy?
Antes, el cambio era algo que podía planificarse. Hoy, es parte del paisaje. No se trata de si va a pasar algo inesperado, sino cuándo. Por eso, adaptarse ya no es opcional: es una habilidad fundamental para trabajar (y vivir) mejor.
Pero no se trata solo de reaccionar. Se trata de tener la mentalidad y las herramientas necesarias para usar el cambio como motor de mejora. Y eso requiere entrenamiento.
Los 4 músculos de la adaptabilidad
Para trabajar la adaptabilidad en equipos, podemos pensar en cuatro competencias clave. Cuatro «músculos» que podemos fortalecer de manera individual y colectiva:
- Mentalidad ágil
El primer paso es cambiar la forma en que percibimos el cambio. Pasar de verlo como una amenaza a verlo como una oportunidad. Y para eso, hace falta cuestionar nuestras prácticas, creencias y formas de hacer las cosas.
¿Cuántas veces seguimos un proceso simplemente porque «siempre se hizo así»? ¿Cuántas veces un cambio en el proyecto nos frustra en lugar de motivarnos a mejorar?
Entrenar la mentalidad ágil implica abrirnos al aprendizaje constante, incluso cuando incomoda. Es preguntarnos: ¿qué valor aporta este cambio? ¿Qué podemos aprender de esto?
- Feedback como motor de adaptación
Dar feedback es importante. Recibirlo, aun más. Pero no siempre es fácil.
En entornos ágiles, el feedback no es un evento aislado, sino un flujo continuo. Necesitamos crear espacios seguros para intercambiar ideas, reconocer errores, pedir ayuda y ajustar el rumbo.
Y sí: también hace falta saber cuándo tomar ese feedback y cuándo dejarlo pasar. No todo comentario merece ser implementado, pero todos merecen ser escuchados con atención.
Entrenar este músculo implica sentarse con el equipo, revisar qué podríamos mejorar y usar esa información para crecer, con humildad y con criterio.
- Foco y priorización
Cuando todo es urgente, nada lo es. La agilidad no es solo velocidad: es dirección. Y sin foco, la adaptabilidad se vuelve improvisación.
Por eso, otra habilidad central es saber priorizar de forma continua en contextos cambiantes. Diferenciar entre lo urgente y lo valioso. Evitar la sobrecarga. Elegir qué hacer y, sobre todo, qué no hacer.
Este músculo se fortalece con preguntas incómodas: ¿tiene sentido dejar lo que estaba haciendo para atender este pedido nuevo? ¿Esto realmente agrega valor o solo responde a una urgencia mal entendida?
- Colaboración flexible
Por último, la colaboración no puede depender de jerarquías. En equipos ágiles, la colaboración se adapta.
Hablamos de equipos fluidos, con roles dinámicos, donde las personas pueden cubrirse entre sí y trabajar en función del propósito, más allá de su especialidad.
Y esto no se logra de un día para el otro. Hace falta una cultura organizacional que valore el trabajo en equipo por encima del lucimiento individual. Que fomente la confianza, el respeto y la capacidad de jugar en múltiples posiciones cuando el partido lo requiere.
¿Por dónde empiezo a entrenar la adaptabilidad?
La clave no es hacer todo al mismo tiempo. Eso solo genera frustración. La invitación es simple: elegir un músculo y empezar a entrenarlo con un microhábito.
Por ejemplo:
- Si quiero fortalecer la mentalidad ágil, puedo proponerme cuestionar al menos un proceso por semana y preguntar si sigue teniendo sentido.
- Si mi foco está en el feedback, puedo pedir retroalimentación después de cada reunión clave.
- Si me cuesta priorizar, puedo practicar técnicas como la matriz de Eisenhower o la técnica Pomodoro para ordenar mis tareas.
- Si quiero colaborar mejor, puedo ofrecerme a ayudar en una tarea fuera de mi rol habitual una vez por semana.
Lo importante es que ese hábito sea concreto, medible y alcanzable. Y que, con el tiempo, se convierta en una práctica natural.
Adaptarse no es solo reaccionar: es crecer
La agilidad no trata solo de gestionar el cambio, sino de vivirlo. De atravesarlo con conciencia, con herramientas, con equipo. Y si logramos entrenar estos cuatro músculos, vamos a estar mejor preparados para enfrentarlo.
No hace falta que lo hagas todo de golpe. Pero sí hace falta empezar. Porque si el cambio es inevitable, entrenar la adaptabilidad ya no es una opción.
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